En Castilla-La Mancha, hay un grano que guarda historias de frío, trabajo en el campo y almuerzos compartidos. Durante siglos, alimentó a generaciones enteras, transformándose en platos que reconfortaban más que el estómago: sostenían cuerpos, mantenían vivas tradiciones y daban sentido a reuniones familiares en los inviernos más duros. Es humilde, modesto y a menudo olvidado, pero su presencia en la cocina refleja un vínculo profundo con la tierra, con la memoria y con la resistencia ante la escasez. Cada cucharada remite a sabores de antaño, a manos curtidas que trabajaban la tierra y a mesas que se llenaban de vida cuando la vida era más difícil.

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